Tuesday, April 16, 2024
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¿Qué hora es, señor lobo? – AS

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Los tiburones nos dan miedo. Tiene que ver, desde luego, con la huella que Steven Spielberg imprimió (1975) en la cultura popular. La música premonitoria y los planos subjetivos del leviatán que emerge desde las profundidades; el ser humano convertido en presa, desterrado de la cima de la cadena alimentaria. Zas. Pero los expertos advierten: una cosa es la histeria del que no mete un pie en el agua de la playa, no vaya a ser, y otra un miedo que no es irracional y que está perfectamente justificado. Se llama selacofobia, y aunque muchas veces conjura sencillamente al asesino sanguinario que ideó Spielberg (con tantas versiones de serie B, C y Z), en realidad nos enfrenta a un cazador perfecto, pulido por eras de evolución y que gobierna el medio en el que peor se maneja el ser humano. El tiburón blanco, la madre de todas las pesadillas acuáticas, tiene hileras de hasta 300 dientes y detecta en el agua los campos magnéticos de otros animales.

Asociamos, además, al tiburón con una sed de sangre irreflexiva. Un impulso aniquilador que en la naturaleza no es tal: se trata de un cazador metódico, que a veces ronda el hábitat de sus víctimas favoritas (focas, leones marinos…) hasta que estas se habitúan a sus paseos y bajan la guardia. Cómo si jugara una atávica partida de qué hora es, señor lobo, ese juego infantil en el que varios niños se alienan contra la pared y otro, al que le toca ser señor lobo, se coloca de espaldas en el otro extremo del área de juego. Los niños cantan “¿qué hora es, señor lobo?” y avanzan el número de pasos que coincida con la hora que cada vez indica este -cuatro si dice las cuatro en punto, por ejemplo- hasta que lo que grita es “¡la hora de comer!”. Entonces, se lanza a atrapar al más lento de reflejos.

El tiburón, a veces, da vueltas en las gélidas aguas del Ártico hasta que hace saber a las focas, ay, que es la hora de comer. Como este es un artículo sobre las apuestas y su vínculo cada vez más fuerte, público y estratégico con la NBA (con todo el deporte), imagino que la metáfora es obvia. El depredador al que más vale tener miedo, del racional y más allá de fábulas y lugares comunes. El falso compañero de juegos que espera el momento para lanzarse sobre quien siempre había sido, en realidad, su presa. Un mundo que lo único que tiene es mucho dinero, pero al que con eso le basta para hacer de su capa un sayo, gritándole a la NBA que es la hora de comer.

Ñam

A través de su inserción en el frontal mainstream que ofrece el deporte, las luces más brillantes, el universo de las apuestas rompe el tabú y se normaliza. Un blanqueamiento asumido con naturalidad por quien recibe sus montañas de billetes, obligado a combarse en una suerte de pensamiento mágico que rehúye mirar al futuro mientras ensaya su mejor cara de sorpresa. Por lo que pueda pasar. Se abre la puerta, porque si no lo hago yo lo harán otros, a un negocio que canibaliza, cuyo fin siempre es ser el negocio: suplantar. La NBA, todo el gran deporte profesional, pone en bandeja los ingredientes principales, un ejército de aficionados y una batería casi infinita de datos. Pero también abre las persianas, ventila unos rincones que se quedan sin secretos ni tramas sórdidas.

Al menos, aparentemente: la liga abraza a sus partners en el sector de las apuestas deportivas (DraftKings, FanDuel). El que haga arqueología entenderá ahora, conexión de puntos diez años después, lo que dijo Adam Silver al New York Times en 2014, nada más convertirse en comisionado: hay que sacar el juego el juego del underground y situarlo a plena luz del día. Entonces las apuestas deportivas todavía no eran legales en Estados Unidos, pero el curso de los acontecimientos ya dibujaba un destino inevitable. Por el camino, amoldando el discurso a casa bocado de realidad, ha ido equilibrando un mensaje con un toque de venda que precede a la herida: “Es responsabilidad de las ligas invertir más en educación. No solo en lo que respecta a los jugadores, también en la gente joven, que podría estar haciendo algo que no es apropiado, o en cualquiera que se esté metiendo en una relación problemática con el juego”. Alguien, quizá por puro pragmatismo, podría responder que parece más fácil evitar, sencillamente, aliarse con socios con los que hay que andarse con tanto tiento. ¿Qué hora es, señor lobo?

A fin de cuentas, esto es un negocio

Pero, claro, ese argumento, convincente por puro simple, se cae cuando devolvemos a la NBA a su verdadero eje: se trata de un negocio cuyo fin último, como tal, es enriquecer a sus propietarios, y cuyos lógicas culturales y económicas van a adscribirse siempre a los principios básicos del capitalismo. Desde ahí, y con especial fuerza en las turbulencias de 2020 (la pandemia, el asesinato de George Floyd, el rugido de Black Lives Matter), la NBA se ha posicionado como la liga más progresista del mundo. Y lo ha sido, pero dentro de su forma y a partir de ese (innegociable) eje capitalista. La presión de sus trabajadores (con uno de los sindicatos de jugadores más poderosos de todo el mundo del deporte) la ha hecho mejor, pero no ha cambiado su fondo. Uno que incluye adaptarse a su nicho de mercado, un público que fue volviéndose cada vez más joven y concentrado en núcleos urbanos: más virado a la izquierda.

¿Cuánto de lo que hizo la NBA era maquillaje y cuánto un esfuerzo realmente sincero? No sé si es justo planteárselo, pero es inevitable cuando ciertos negocios, determinadas decisiones y algunos silencios reabren el viejo conflicto de qué hacemos con los principios de quita y pon. ¿Cómo de malo es que los jugadores acepten y participen en la irrupción de las apuestas deportivas con aire de dadnos lo nuestro ya que nosotros lo generamos? Las comunidades más desfavorecidas suelen estar especialmente desprotegidas ante un consumo descontrolado (adictivo) del juego que acaba en epidemia. Las mismas por las que tanto hacen en muchos otros sentidos esos mismos jugadores. Las suyas. Es el precio del dinero: cuánto cuesta un alma. Pero es lo que hay, o eso estamos viendo mientras empezamos a hacernos otra pregunta: ¿cómo de malo es que enarbole esa bandera una liga en la que muchos jóvenes han depositado fe en asuntos ajenos a la simple competición? Visto así, las empresas de apuestas deportivas han encontrado el huésped perfecto. Un disfraz de genio de la lámpara hecho a medida.

Estamos en la edad de oro de la NBA, desde luego en cuanto a prestigio, exposición y, derivado de todo eso, ingresos. Más de 8.000 millones al año antes de que se negocien los nuevos y revolucionarios contratos televisivos, la piedra filosofal, con unos grandes operadores donde las marcas de apuestas también van, dólar a dólar, tomando el control. El valor medio de las franquicias ronda los 4.000 millones y el de los salarios de los jugadores supera los nueve. Nadie quiere perturbar a la gallina de los huevos de oro, así que se vive una paz social (así se han firmado los dos últimos convenios colectivos) controlada por un Silver cuyo estilo de liderazgo pasa por hacer que todos se sientan socios, llamados a remar juntos. Que las jerarquías de la NBA parezcan más horizontales de lo que, como en cualquier trabajo del mundo, son en realidad. Pero todos quieren su dinero, y es incuestionable que los jugadores lo merecen más que nadie. El único problema, no a corto plazo, es que cuando hasta las migajas tienen tantos ceros, muchos arrebatos de buena voluntad saltan por la ventana.

Mientras, el tiburón nada en círculos y su presencia se hace cada vez más inocua, cotidiana. Más normal. Abajo la guardia.

El gran cambio, el nuevo enfoque transformativo, pasa porque lo que eran garras que arañaban y pecados que se barrían debajo de la alfombra se ha convertido en compañeros de viaje: partners. Socios, sonrisa y saludo para la cámara; anuncios, información confeccionada a medida, puertas abiertas a un solo click. Lo indeseable ya no es tal, porque ya no es ilegal. Y otro chasquido de pensamiento mágico permite creer que (y con estos sectores nunca es así) lo legal es una isla soleada y saneada, no la punta de un iceberg retorcido y condenadamente grande. Por pura naturaleza, quizá recordar las cosas básicas viene bien de vez en cuando, las apuestas no deberían tocarse con las competiciones deportivas. Si tienen que existir, porque esa batalla jamás se ha ganado, deberían hacerlo en paralelo, sin ni siquiera rozarse. Con unos códigos y unos muros de contención tan robustos que nada se filtre. Ni en el mundo ni (tan importante o a veces más) en la psique colectiva.

Todos los muros se van desmoronando

Nevada (Las Vegas, baby y todo lo demás) era el giro al infierno que no se tomaba. Pero hoy es la capital del deporte estadounidense (equipos, eventos, mucho dinero). El resto era una telaraña de callejones tortuosos que robaban las carteras de gente corriente y las metían en los bolsillos de las gabardinas de, en los casos más sonados, algunos de los mafiosos más célebres de la historia de Estados Unidos. Ahora, un enemigo que había que perseguir, por devoción o por pura obligación, se ha convertido en el pariente instalado en el salón de las grandes ligas, con los pies encima de la mesa. En una mano el mando de la tele, en la otra ciertas apps cada vez más perfeccionadas, masificadas, fáciles de usar, blanqueadas e integradas en las estructuras de las propias competiciones.

Al baloncesto, daría para un capítulo propio y extenso, le ha tocado su cuota de leyenda negra. Eso es lo peor: imaginar lo que acabará pasando no requiere sobredosis de imaginación ni bocetos de novela negra. Ya ha pasado. El primer escándalo sonado llegó en los años cincuenta, cuando las grandes estrellas del baloncesto universitario de Nueva York acabaron detenidas por aceptar sobornos para manipular los resultados finales de los partidos (no quién ganaba: por cuánto). La trama salpicó a 32 jugadores de siete universidades, que habían tocado 86 resultados en 17 estados durante tres años (1947-50). Y acabó cuando uno de ellos, Junius Kellogg, pívot de Manhattan College, rechazó implicarse, acudió a las autoridades y acabó en otra cita con los intermediarios de la trama, en un bar y con un micrófono oculto. El caso no solo está en los libros de historia del baloncesto: se habla de él en Los Soprano. La intocable Kentucky del pope Adolph Rupp se quedó un año sin competir y CCNY (The City College Of New York) fue borrada del mapa y terminó minimizando su inversión en deporte y jugando en la tercera división universitaria pese a que eran tiempos en los que acaparaba tantos titulares en la Gran Manzana como los Yankees tras ganar los dos grandes torneos, el de la NCAA y el NIT.

Este mundillo (que suele cambiar de look pero no de intenciones) ha bailado siempre agarrado a la mafia (que suele cambiar de look pero no de intenciones). En otro trapo sucio que ha quedado en el imaginario estadounidense, Henry Hill, uno de los tipos duros que inspiró la inolvidable Uno de los Nuestros, confesó, para tirar de alguna manta que suavizara unos peliagudos cargos por tráfico de drogas, que había estado usando a jugadores de Boston Colllege, también para manipular también diferencias y marcadores. Él, otro modus operandi habitual, convenció a la estrella, Rick Kuhn, y este arrastró a sus compañeros. En 1985, un turbio asunto de apuestas, dinero y drogas mandó a la nevera cuatro años a la Universidad de Tulane y puso en riesgo de pisar la cárcel a John Hot Rod Williams, que luego jugó trece años en la NBA (Cavaliers, Suns, Mavericks).

Y Tim Donaghy, claro. Ya en estos tiempos y con documental de Netflix. El árbitro cazado por el FBI en 2007, antes de ayer, fue condenado a penas de prisión por apostar en partidos de la NBA durante el lustro anterior. Según su propia confesión, no alteraba directamente el resultado o las diferencias de los partidos. Cosa que cuesta creer porque se puede imaginar la tentación que debe arropar a alguien metido en una trama así y con el poder de, por ejemplo y sin hacer ningún ruido, cambiar el desenlace de un partido ya resuelto con un par de faltitas pitadas o no, aquí o allá, en esos últimos minutos de la basura en los que muchas veces ni el público atiende. Un par de tiros libres concedidos o escamoteados cuando los jugadores ya tienen un pie en las duchas pueden mover mucho dinero en el desván.

Lo que Donaghy sí hizo seguro, y está contado con todo detalle, fue usar la información interna que le llegaba de todos los actores de la NBA (jugadores, entrenadores, ejecutivos, periodistas, otros árbitros…) para ofrecer consejos infalibles que propiciaban apuestas casi siempre ganadoras. Si un jugador iba a descansar al día siguiente, si estaba tocado por un problema muscular y se lo iba a tomar con calma, si un entrenador se estaba divorciando y no tenía cogido el hilo de su equipo en ese preciso momento… pequeñas cosas, pepitas de oro en conversaciones que parecían rutinarias y anodinas y llamadas de teléfono anónimas desde la trastienda. Y dinero para todos.

Pongamos hoy un partido entre el campeón, los Nuggets, y el equipo que ha perdido 28 partidos seguidos esta temporada, Detroit Pistons, en la Mile High, la altura asfixiante de Denver. Un súper equipo con una de las ventajas de campo más afiladas de todo el deporte estadounidense contra un rival con aspecto de aperitivo ligerito. Imaginemos que un miembro de un equipo arbitral, en sus viajes de hotel en hotel, le cuenta a otro que conoce a un analista de vídeo de los Nuggets y le ha dicho que Nikola Jokic y Jamal Murray van a descansar, los cuatro, en ese partido. Ya se sabe: lesiones, asuntos personales, gestión de minutos de cara a los playoffs… Ese otro árbitro se lo cuenta a alguien, usando palabras en clave, que le dice a otro alguien que, simplemente, la ventaja a favor de los Nuggets es excesiva en las previsiones de las casas de apuestas y que es muy probable que no se alcance. Y lo hace con tiempo suficiente para que unas determinadas cantidades, nada que llame espectacularmente la atención, se coloquen en la apuesta adecuada justo antes del partido. Aquello era así de sencillo, aparentemente indetectable si se hacía con cabeza y sin dejarse llevar por la codicia febril. Poco a poco, dólar a dólar. Dando vueltas alrededor de la presa.

Aquello, claro, corroía el propio espíritu de la competición ya en tiempos en los que esta no se había hermanado con firmas de apuestas deportivas. No las anunciaba, las impulsaba con sus contenidos y las mimaba como socios e ideas de negocio preferentes. Los que apostaban, mientras, se acababan endeudando y, por eso, hacían cada vez un nuevo pequeño favor a la condescendiente trama. Cada vez un pasito más, señor lobo, en una NBA en la que ya estaban en nómina, con Donaghy, árbitros que siguen hoy en día en activo. El recuerdo es fresco, las alarmas tan ruidosas que solo es posible no escucharlas con unos muy buenos tapones para los oídos, tal vez unos hechos con esos récords en el valor de las franquicias y los contratos. Con esa bonanza de la NBA que nadie quiere perturbar, por si frena y no vuelve a arrancar.

El gran terremoto de mayo de 2018

Por entonces, hace dos décadas, la NBA ya tenía una Sports Betting Integrity Unit. A partir de aquella crisis sísmica de imagen, la armó con más personal y medios. Un escudo (al menos en apariencia) cuyo trabajo cambió drásticamente a partir del 14 de mayo de 2018, cuando la sentencia del tribunal supremo en el caso Murphy contra la NCAA abrió de par en par las compuertas de la legalización de las apuestas deportivas. La unidad de integridad, que ya tenía en nómina abogados y expertos en análisis de datos, eligió ver el vaso medio lleno y vender que el fin de las prohibiciones (aquel de la oscuridad a la luz de Silver) permitiría, en un mercado cada vez más transparente, ser más eficaces en la detección de anomalías y movimientos extraños en las apuestas. El rastro de un delito que parecía inevitable, inherente a ese nuevo mundo y cuestión de tiempo. Si no, ¿para qué tantos medios y tantas preocupaciones?

Ñam

Desde que la brecha se abrió en Nueva Jersey, donde el gobernador Phil Murphy ganó el pulso al poder universitario, las apuestas deportivas han ido haciendo camino en Estados Unidos. Con, eso sí, trayectos irregulares y complejos, desiguales, marcados por la territorialidad de su organización política. Hoy son legales ya en 38 estados y el Distrito de Columbia. Y movieron en 2023 casi 120.000 millones de dólares, un 28% más que en 2022 y con un 44,5% más de ingresos para las casas de apuestas: 11.000 millones. Estos corresponden solo a la parte legal del juego vinculado al deporte y todavía no incluye a gigantes en los que la lucha está siendo más complicada: Texas y California no han dado aún su brazo a torcer, y en Florida todavía hay restricciones severas si se sale del círculo de los casinos de la tribu seminola, que en todo caso ya ha creado su app para que se pueda apostar, a través de ellos, en casi cualquier punto del estado.

En 2023 han irrumpido cinco nuevos estados (Kentucky, Ohio, Maine, Massachussets, Nebraska) y en el último cuarto del año (octubre-diciembre) se movieron 40.000 millones, un 34% más que en el mismo tramo de 2022. Era tiempo de NFL, College football, playoffs de la MLB y arranque de NBA y NHL. En la Super Bowl de 2024, el 11 de febrero, la Asociación Americana del Juego (AGA) estimó que 68 millones de estadounidenses invirtieron más de 23.000 millones de dólares en apuestas legales, un 35% más que en 2022 mientras se trabaja para que 2024 sea el año en el que la expansión llegue a Alabama, Misuri o Georgia. Y, por si eso va más lento de lo previsto, para que multipliquen sus ingresos los que ya están: Nueva York produjo un 24% más en 2023 (1.700 millones) que el año anterior. Al frente por volumen, segundo por porcentaje (31% Nueva Jersey).

La máquina, de la oscuridad a la luz, no parará hasta que sea legal apostar en todo el país, seguramente con la eterna excepción de Utah, el delicado estado mormón. El resto irán cayendo como piezas de un dominó muy lucrativo… y muy peligroso. El lobby del juego en Texas cree que la victoria está más cerca después de que uno de sus motores, la misma familia Adelson que llena de dinero las campañas republicanas y trató de montar Eurovegas en el este de la comunidad de Madrid, se hiciera con Dallas Mavericks. Mark Cuban, que ha vendido encantado un 73% de la franquicia por 3.500 millones (él pagó 285 en 2000 por, básicamente, el 100%), ya reconoció un año antes de que se cerrara la operación que el objetivo final era algo muy parecido a que los Mavs se mudaran a las afueras de Dallas, a un tinglado que no dejaría de ser un casino con ínfulas de parque temático. Allí jugaría (jugará), por qué no con opción de apostar sobre la marcha desde los mismos asientos, una franquicia de la NBA que ha acabado convertida en peón de la partida por la legalización del juego en su estado. Y no uno cualquiera: el segundo más grande solo por detrás de Alaska. Una realidad que pesa como el plomo, un vistazo al volumen de los engranajes que se están moviendo y una muestra de hasta qué punto el juego clava sus garras en todo lo pasa en la NBA. En su día a día y en sus grandes decisiones. Sobre el escenario y entre bastidores.

Ya que ese es un factor, y aparentemente muy estratégico, en el trasvase de los Mavericks, en algún momento habrá que preguntarse unas cuantas cosas. También si es primero el huevo o la gallina. Si el juego está al frente o detrás de la acción. Porque puede que el lobo haya dicho que ya es hora de comer.

Del convenio a nuevo League Pass

Sin más razón que su naturaleza, las apuestas y sus tentáculos (de las fantasys y los brackets a las fórmulas convencionales que ha embellecido la tecnología), deberían ser anatema o, como mínimo, recorrer su propio camino, separado por alambradas de los de las competiciones. Para disolver lo que era una creencia común y que pudiera comenzar de verdad el carnaval, primero había que quebrar ese tabú, que escondía en su núcleo un férreo mecanismo de defensa que a las ligas, y sobre todo a sus consumidores, se les está atrofiando. De esa solo aparentemente domesticación (la piel de cordero más peligrosa) se podría saltar, y así está sucediendo, a la normalización y de ahí a la asociación, a ese concepto de partner que hace maravillas como ganzúa por pura semántica y, finalmente (por ahora), a la redefinición de las normas (legales) y las barreras (morales) para adaptar a la realidad y poner un copyright bonito a un axioma que es tan viejo como el hombre: el que paga, manda.

El último convenio colectivo, las tablas de la ley hasta 2030, que acaban de firmar franquicias y jugadores aporta otro ejemplo obvio, un paso pequeño en apariencia pero gigantesco en significado. A lo Neil Armstrong. Desde ahora, y todavía con cierto escrúpulo normativo, los jugadores pueden invertir en empresas de apuestas deportivas. No pueden controlar más de un 1% si la compañía en cuestión permite apostar en la NBA, su participación tiene que ser pasiva y, obviamente (por ahora), no pueden promocionar acciones relacionadas con la propia NBA. En todo caso, no es un movimiento menor. Tampoco este: la liga prepara una actualización de su League Pass, la plataforma de streaming que ofrece todos sus partidos, que permitirá mostrar, en directo y en pleno juego, un panel de posibles apuestas con, claro, enlaces para ir de cabeza a jugar en, por supuesto, las empresas partner. Todo vinculado a los partidos, delante de los ojos, a un click de distancia y con la NBA trabajando con una gran empresa global de datos, Sportradar, que tendrá acceso a todas las cámaras y medidores que suministran la información estadística de jugadores y equipos a la competición. Pues eso, partners.

Otra vez, hay condiciones en la casilla de salida: plataformas para las que todavía no está optimizada está opción (desktop y televisión… pero sí los todopoderosos móviles), se partirá de un abanico básico de opciones para apostar y solo se podrá pasar a la acción en los estados donde es legal hacerlo. Verlo, se podrá ver en todos. Que cale. Pequeñas piedras que se van poniendo y sobre las que alguien está construyendo su imperio. Alguien con hileras de hasta 300 dientes.

La NBA programa envíos sistemáticos de las normas sobre juego y sus derivados a todos los buzones (directivos, empleados, jugadores, técnicos…) de sus treinta franquicias. Es un proceso proactivo en el que, por ejemplo, un directivo tiene que resolver test con preguntas de este tipo: “si acabas de enterarte de que tu estrella no va a jugar esa noche, ¿puedes ir a la cafetería el hotel y decirlo a voces hablando por teléfono?”. Se entiende la idea, creo (y la respuesta es no, claro). Otra vez, muchas molestias. Preocupaciones que no se tendrían si no se compartiera cama con un sector lleno de aristas, supongo que estoy usando un eufemismo, al que se está empezando a dar acceso a los principales escaparates sin más rastro de advertencia que las más básicas y quisquillosas cuestiones legales, las que se ocultan en la letra (muy) pequeña. Hace solo unos meses que estas empresas, qué cosas, están siendo obligadas a retirar mensajes como “risk free” (no hay peligro a la vista) de unas campañas publicitarias que, ay, invierten en las grandes televisiones nacionales de Estados Unidos unas cantidades que en 2019 llegaban a 21,4 millones de dólares y en 2022 superaban los 314. Otra vez, y aquí sí que no hay atisbo de duda, el que paga manda.

Una encuesta de la AGA, encantada de enseñar músculo, anunció el pasado mayo que 39,2 millones de adultos estadounidenses habían hecho al menos una apuesta deportiva en los doce meses anteriores. En 2018, solo el 1% pisaba suelo donde hacerlo era legal. Hoy lo hace el 56%. Los análisis hablan de índices disparados de inmersión entre el sector más joven del sector adulto. Los casos salpican casi cada semana los medios de comunicación, los periodistas se convierten en tipsters y el consumidor se transforma, un nuevo tipo de aficionado que no se fija en los entresijos del juego sino en las diferencias de puntos, los over/under, spreads y todo lo demás. La MLB anda con el corazón encogido por un escándalo en desarrollo que afecta de lleno a su gran estrella, Shohei Ohtani. Deudas millonarias de su traductor, pagos en su nombre… ¿Qué hora es, señor lobo?

El diablo siempre está en los detalles

Las apuestas se alimentan de un millón de pequeños movimientos entre montañas de microdatos. En su rastro se mezclan el poder económico y las tenazas de la adicción. Ofrecen tierra por conquistar a quien tenga buenos contactos y pocos escrúpulos. Porque no se trata de alterar el desenlace del séptimo partido de unas Finales. El quid está en diferencias de puntos en jornadas anodinas, pequeñas variantes por encima o por debajo de las previsiones a las que, además, se puede llevar de un terreno a otro con un simple empujoncito. Es un filo en el que se columpian muchos millones que pueden cambiar de manos en función, simplemente, de quién accede a un parte médico, quién sabe antes si un jugador estará o no en pista; tal vez solo si ha dormido bien, tiene jaqueca o no está pasando por un buen momento personal. El siguiente escalón hacia la perdición es el de las pequeñas decisiones de los árbitros, intrascendentes en la montaña de cosas que pasan en un partido, que pueden provocar terremotos, crear millonarios o endeudados.

A lo largo de esa cadena hay tantas personas, de las pistas a los despachos y de ahí a las apps, que acaba siendo inevitable que aparezcan ovejas negras. Por deudas, por ambición, por codicia, por adicción, por chantajes… no todo el que trabaja para la NBA es multimillonario, tiene el futuro asegurado o es inmune a una tentación de las gordas. Nadie, con las grandes estrellas al frente de la procesión, tiene un escudo para proteger su salud mental, una batalla que hace no tanto parecía innegociable para una liga que ha monetizado sus supuestos valores. Las adicciones son una plaga y los adictos al juego no son personas horribles ni débiles: son enfermos enviados, cada vez más jóvenes, a una espiral durísima de miseria. Cada liga lidia como puede con eso, al menos a nivel interno: en la NBA, los actores del show pueden apostar; Pero no en la propia liga y sus derivados (G League, African Basketball League…) y siempre que no lo hagan en estados donde está prohibido.

Cada competición pone normas, se las envía periódicamente a todo el mundo… y acaba salpicada por rumores y enredada en sanciones y castigos. Los jugadores apuestan, los datos se mueven de forma sospechosa, los directivos hacen conexiones indeseables. Hay mucho dinero metido en lo que básicamente es un foco gigante de adicción. Hace falta esforzarse mucho para no ver que es una receta inevitablemente indigesta.

Las redes sociales se llenan de cuentas que dan consejos sobre en qué y cómo apostar, las estadísticas se analizan según ese enfoque y los jugadores se deshumanizan, convertidos en poco más que el factor según el que se pierde o se gana dinero. En ese ecosistema, todo se cuestiona. Por qué el árbitro decide eso, por qué el entrenador hace ese cambio, por qué ese jugador no ha intentado poner ahí un tapón. Es un bucle ponzoñoso, de las redes sociales a las pistas.

Un periodista que recorre los treinta pabellones NBA reconoció hace unos días que hace mucho que no vive un partido sin insultos y comentarios despectivos a los jugadores relacionados con cómo van las apuestas de la noche. Ya en 2021, con este asunto todavía en pañales, los árbitros le contaron a Sports Illustrated que notaban el ambiente más tóxico y un aumento de los “conflictos” a pie de pista con aficionados. Tyrese Haliburton, el base súper estrella de Indiana Pacers, siente que para la mitad de la gente, como mínimo, ya no es una persona, solo “un factor de sus apuestas”: “A muchos ya no les importa lo que sintamos, solo si les ayudamos a ganar dinero en DraftKings o donde sea”.

JB Bickerstaff, el entrenador de Cleveland Cavaliers, ha sido el que más claro ha hablado… por ahora. Seguramente, vendrán más. Después de toda una vida en la liga porque su padre, Bernie, también entrenaba, considera que se pisa terreno desconocido. Y muy resbaladizo: “Gente metida en apuestas se hizo con mi teléfono y me mandaban mensajes que eran una locura. Sobre dónde vivía, sobre mis hijos… ese tipo de cosas. Caminamos sobre una línea muy fina, es un juego muy peligroso. Trae una presión extra, distracciones que pueden ponérselo difícil a los jugadores, a los entrenadores, a los árbitros… a todo el mundo en este negocio. Hay que tener cuidado con cuánto nos acercamos a ciertas cosas y cómo garantizamos la seguridad de los que estamos en esto. Porque supone un peso. Muchas veces, los que apuestas son personas que se están jugando si podrán pagar el recibo de la luz, o el alquiler, y eso provoca unas emociones muy fuertes. Estamos en un filo peligroso, hay que tener mucho cuidado. No sé cuántas veces hemos estado, por ejemplo, con diez puntos de ventaja cuando la previsión en las apuestas era que ganábamos por once, y muchos aficionados me piden que deje a los titulares en pista en los últimos segundos para superar esa cifra. Es ridículo. Entiendo la parte de negocio, pero en algunas cosas estamos yendo demasiado lejos”.

Rudy Gobert, que tiene tendencia a meterse en charcos que no van a ninguna parte, acusó a los árbitros de estar influenciados por las apuestas cuando fue expulsado en un partido contra, precisamente, los Cavs de Bickestaff. “Todo el mundo en esta liga sabe lo que está pasando”, dijo. Sin pruebas ni más argumentos porque ahora, efectos secundarios, está permitido dudar, cuestionarlo todo en una NBA que fue la primera competición profesional en la que, ahora ya se está extendiendo, un equipo permitió que abriera un local de apuestas en su pabellón. Fueron los Wizards, en alianza con Willliam Hill, y la prensa de Washington lo explicó así, hace dos años: “Por primera vez en la historia, un local de apuestas estará literalmente dentro de un recinto deportivo estadounidense, abrirá cuando jueguen los Wizards y los aficionados podrán apostar en el mismo lugar al que van a ver los partidos”.

Todo el mundo en la NBA quiere que locomotora siga yendo a toda máquina, apilando dinero. Todos ganan. Los jugadores pueden sentir que es justo que pillen más pedazos de una tarta que no existiría sin ellos. Las franquicias pueden escudarse en que ya que alguien lo acabará haciendo, mejor hacerlo uno mismo y llevarse así también los beneficios, no solo los quebraderos de cabeza. Si no puedes vencer a tu enemigo, únete a él y todo lo demás. Y la NBA argumentará que hace lo mejor para sus intereses en un nuevo escenario que, en gran parte, simplemente le ha sobrevenido. Entender que todos, si se analiza solo su parcela, pueden tener parte de razón, o al menos un argumento que esgrimir, no debería evitar que abramos el plano y veamos el asunto, uno feo de verdad, con verdadera perspectiva. Sabiendo que lo que pasó podría pasar, seguramente pasará, y que debería seguir habiendo asuntos con los que es mejor no enredarse. Y enemigos a los que habría que intentar vencer, no tenerlos como aliados. Y, desde luego, a los que no habría que llamar partners.

¿Qué hora es, señor lobo?

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